domingo, 17 de mayo de 2009

SUEÑO EN LOS CAMPOS DE SALAMANCA

Amo a Salamanca porque ella siempre es pura e inmaculada por lo excepcional de su blancura. Nítida en invierno y hermosa en primavera. Guapa en los calores del estío y reluciente (inconmensurable su Plaza Mayor) cuando bulle la alegría en las otoñales fiestas y ferias de la patrona y San Mateo.
Anoche soñé con la belleza de sus campos y se me llenó el alma de saudades, de contento el corazón y de nostalgias mi espíritu. Es Salamanca un emporio de cultura y un caudal de insuperable arte. En sus dehesas, el encanto de la autenticidad que enerva, seduce y entusiasma.
Dormido contemplé las nieves que allí imperan en estos muy gélidos días de enero en las alquerías de la Charrería. Son esas blancuras de los hielos, presagios de bonanzas, pues dice el popular dicho que: “Años de nieves son años de bienes”.
Los camperos son previsores y sustentan los hambrientos ganados con el heno que almacenaron en los pajares. Por cierto que, a la vista, los bovinos con los pelajes invernales, nos parecen enfardados con abrigos de visones. Muchas lanas en sus pieles y tristezas –por faltarles la alegría de la luz solar- en sus miradas.
Congeladas las aguas de los pozos y arroyos es en pipas con las que hay que darles de beber a los astados. Tanto frío que hasta obliga a calentar los abrevaderos con las ardientes llamas de los troncos resecos y reconfortantes. ¡Qué duro es criar bureles de lidia a temperaturas bajo cero!
Los mayorales reparan calorías con tragos de vino que los recalientan en las ventas de la comarca del Yeltes. En sus reuniones recuerdan las viejas glorias de los que fueron grandes maestros en el oficio y se llamaron, por ejemplo, Severiano (con los “apes”), Lucio (con los “patiblancas”) y Domi (con los “atanasios”).
Siempre los mayorales y vaqueros con chaquetillas cortas y sombreros de alancha, cuidando a los toros con esmero y mimo hasta el no cabe más. A las típicas vestiduras, las gentes camperas procuran también combatir los fríos con los típicos capotes portugueses tejidos con paños de Béjar. Tan de portento el frío en los pagos de Hernandinos, El Villar, Sepúlveda, Terrubias, Galleguillos, San Fernando o el Collado, como fortísimo es el caliente calor de los días de las siegas en Andalucía.
Junto a las chimeneas –calefacción natural y deliciosa de los caseríos- mientras arden las ramas y se convierten en cenizas (paliando los rigores de las bajas temperaturas) se evocan grandezas de aquellos grandes ganaderos señeros que dejaron huella y memoria. Se llamaron Manolo Arranz, Paco Coquilla, Alipio Pérez-Tabernero, Atanasio… Otros rememoran lo que escucharon contar de los legendarios que conjuntaron su fama con la de los propios nombre de las fincas y transformaron en históricas las nominaciones de Terrones, Llen, Continos, Buenabarba, Agustínez, Carreros…
No todo es gloria del ayer, pues también ahora –pese a las nieves copiosísimas de estos días- en los tentaderos (con placitas adecuadas y calefactadas) se cuajan los toreros que serán –D.m.- las figuras del futuro. No ha muerto la tradición de que sea en sus tierras en las que se forjen los que puedan ser continuadores de los que en ellas se adiestraron, como sucedió ya en lejanos años, con los famosísimos Chicuelo, Granero, La Rosa, Amorós y muchísimos más. ¡Innumerables los diestros que en las invernadas salmantinas aprendieron el arte de engañar al toro sin mentirle!
Asombrosa la infinitud –serenísima- de las dehesas charras en las que, sin que ningún instrumento la interprete, se escucha una música inaudita por reciamente campera, cuyos sones rebasan incluso las cimas de la Sierra de Francia y se perciben en áreas lusitanas, cacereñas y hasta gallegas. No, no encuentro letras para esa música inefable, indescriptible e insuperable. Sólo Gabriel y Galán acertó al versificarla.
Lo campero en Salamanca impera en el sabor y ambientes de sus fiestas septembrinas. Nunca le daré suficientes gracias a Dios por haberme permitido vivir –con buenísima salud y a tope de ilusión- aquellas ferias tan inolvidables e irrepetibles, en las que El Viti, El Capea y Julio Robles, triunfaban clamorosamente en La Glorieta. Pienso que serán históricamente irrepetibles, porque no es probable que vuelvan a coincidir en un mismo tiempo tres toreros salmantinos tan fabulosos como lo fueron Santiago, Pedro y Julio.
Soñé que, caminando hacia el cruce de Ciudad Rodrigo, quedan próximas las muy hermosas dehesas de Linejo y San Fernando. En la primera de ellas el recuerdo inmarchitable del elegante señorío de Juan Mari. En la otra –histórica hasta el colmo- la memoria siempre palpitando de la inmensidad (un genio en simpatía y un coloso en criar toros con nobleza) de su padre, el popularísimo A.P.
Cuentan que un día le presentó don Fernando Pérez-Tabernero a Rafael el Gallo a sus cuatro hijos varones, y al decirles que se llamban Graciliano, Argimiro, Alipio y Antonio, el célebre gitano le comentó: “Menos mal que a Antonio le ha puesto usted nombre de cristiano conosío”.
Es cierto que hasta por lo raro de sus nombres son famosos algunos ganaderos charros que –con los apellidos de Cobaleda, Carreros(Sánchez), Carreño y Rodríguez- fueron bautizados, respectivamente, como Bernanbé, Iscio, Heraclio y Dionisio.
No creo que nadie considere que exagero si digo –sin olvidarme ni de los Gallo, ni de los Miura- que si la estirpe de los Bienvenida es la más torerísima, la saga más ganaderísima de todos los tiempos es la salmantina de los Pérez-Tabernero.
Pensé también en mi soñar campero que me encontraba en la finca de Matilla, en la que crió don Graciliano los toros más bravos de cuantos las vacas han parido en Salamanca. Surgió entonces en mi mente la opinión que les dio mi padre (q.e.p.d.) a dos ganaderos tan cabales como Lisardo Sánchez e Ignacio Rodríguez Santana. Me refirió que en un café de Badajoz (El Mercantil, sito en el Campo de San Juan) conversaban sobre quién había sido el mejor ganadero en cada una de las especies. Surgieron los nombres del Vizconde de la Montesina (en ovejas), el de Miguel Granda (en vacunos retinto), los de mis parientes Esteban Chacón Mira y Bernardino Píriz Carvallo (en porcinos) y respecto a yeguadas, los de Terry, Cid y Domecq (Pepe). Cortó mi padre el diálogo, y con rotundidad manifestó:
“Estaréis de acuerdo conmigo en considerar a don Graciliano Pérez-Tabernero y Sanchón como el mejor ganadero de cuantos hemos conocido. Sus toros, sin dudar, los más bravos. Insuperables sus ovejas, yeguas y cebones. Y para colmo, sus mastines son los perros que mejor ladran y guardan sus ganados en todo el mundo”.
Los tres de acuerdo en la supremacía de cuantas especies criaba don Graciliano en su finca charra de Matilla de los Caños.
En mi soñar de anoche, al merodear por los contornos de Matilla, percibí sinfonías de otros tiempos. Supuse que los aullidos de los canes se percibían hasta en la finca lusitana de Palha. El balar de las ovejas era eco que se recrecía en Las Hurdes, Las Batuecas y Las Villuercas. Ningún jamón más sabroso que el de los engordados en los encinares de Robliza de Cojos. Me sonaron los reburdeos de los toros a cánticos de primavera embravecida, con el verdor de las hierbas y el perfume de las flores, en la dehesa de los más bellos entornos.
Me desperté y recordé que los sueños en los campo de Salamanca habían sido reales. En lo puro charro no hay ni un miligramo de ficción.
Artículo de Filiberto Mira publicado en la revista Aplausos el 27 de enero de 2003.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Hay que mirar al futuro y dejarse de tanta monserga paleolitica..joder

SANCHEZ-LOPEZ dijo...

Pues como esto siga por el camino que va, y dudo que cambie, ¡vaya futuro que nos espera, joder!
Ese futuro a mi no me gusta, si a usted sí, le respeto asi que dejeme con mis añorazas, que esas no las volveremos a vivir. Un saludo.

pedro dijo...

Un lujo de articulo, igual de bonito que la insensibilidad del anonimo, que seguro que piensa que mirar al futuro es bobecquizar toda la cabaña! Gracias por hacerme soñar.
Ayala67.